sábado, 30 de julio de 2016

José y el bullying

José revuelve el café con leche, inundado de inquietud. ¡Volver a la escuela!
¡Cómo quisiera evitarlo! En su interior afloran diversas fantasías que, de poder
concretarse en la realidad, le permitirían no asistir y evadir su tormento. Pero
sucede que las excusas ya se le están terminando. En más de una ocasión
fingió estar enfermo, inventando dolores de cabeza o de muelas. Su madre, por
su parte, terminaba accediendo a que se quedase en casa, a la vez que le
proporcionaba algún analgésico. Aún así, intuía que algo no andaba bien, y no
lograba convencerse del todo de los supuestos dolores de su hijo. ¿Qué estaba
ocurriendo? José siempre había mostrado presteza y entusiasmo para asistir a
clases. Pero ahora, en su primer año de enseñanza media, era más que
evidente que ese entusiasmo se había disuelto.


Pero manifestar estar enfermo no era el único recurso utilizado por José. En
varias oportunidades se dirigía rumbo al establecimiento educativo pero, a poco
de llegar, decidía no entrar e irse a un parque o algún otro sector de la ciudad.
Ciertamente esto le ocasionó varios conflictos con su madre, al constatar ésta,
el número de inasistencias en su libreta.
Ahora, a punto de terminar su desayuno, el adolescente respira con un dejo de
resignación y de ansiedad. Comprende perfectamente que no puede pasársela
fraguando distintas alternativas de evasión. Trata de no pensar e intenta poner
su mente en blanco. Sin embargo, sus heridas internas son demasiado
intensas para poder obviarlas. A su corta edad, la vida se le ha vuelto oscura y
penosa. Nunca antes le había sucedido tal cosa. Su paso por la escuela
primaria siempre había resultado satisfactorio. Recuerda lo animado y alegre
que solía sentirse en aquel período.


Otras veces, había considerado la posibilidad de contarles a sus padres la
situación por la que estaba atravesando. O a alguno de sus profesores. O al
preceptor. Pero, de haberlo hecho, tendría que haberse enfrentado con una
honda vergüenza, la cual, pensaba, le resultaría apabullante. Se hallaba en una
especie de cruce de caminos, sin saber cuál de ellos tomar, paralizado,
inhibido, estancado.
Por fin, termina el desayuno, se calza la mochila, saluda a su madre y sale de
su casa. De camino, estando en el interior del colectivo, lo vuelven a invadir la
ansiedad y la angustia. En pocos minutos más se encontrará junto a “ellos”:
algunos de sus compañeros de curso. Son éstos quienes lo humillan y le ponen
apodos ofensivos, los que no se cansan de denigrarlo, de arrebatarle su
comida, de arrojar al suelo sus pertenencias; los que en más de una
oportunidad han llegado a acorralarlo y hasta a golpearlo; ante quienes no
pudo evitar derramar algunas lágrimas, sintiéndose más deshonrado y abatido.
Nunca pudo juntar el coraje necesario para defenderse. Quedaba inmovilizado
ante sus hirientes risotadas y gestos agresivos. Era algo que se repetía casi
todos los días.


El trayecto en ómnibus se le hace demasiado breve. Desciende, fantaseando
nuevamente con irse a otro lado. Pero no. No se puede huir todo el tiempo.
Atraviesa el umbral de la escuela. Su infierno personal y su tormento
comienzan una vez más.
Ps. Alberto Carmona


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