Las brumas del dolor nublan tu visión, no sabiendo qué paso
dar o, quizás, sin el ánimo suficiente para darlo. El foso oscuro del que
hablamos antes parece demasiado hondo e insondable. Aturdimiento, incertidumbre, vacilación,
apabullamiento, desconcierto. Y también lágrimas. Muchas lágrimas.
Cuánto me gustaría que sepas que el estado en el que ahora
estás no es una posición fija. No es algo estático y permanente. Es apenas un lugar de transición. No vas a quedar
por siempre ni perpetuamente allí. Mirá, es sólo una fase, un período. Entiendo
que puedas creer que has quedado inmóvil., pero te aseguro que no es así. Más
aún, esto no hace más que comenzar. Porque cuando empieces a descubrir que esta
crisis es transitoria, una visión nueva se abrirá ante tus ojos. Y cuanto antes
lo descubras, mejor.
Ahora es cuando empiezas a hallar un capital interno que no
concebías tener. Pero para eso es imprescindible que te des cuenta que negarse
a aceptar lo que ha ocurrido, no hace más que aumentar el dolor. Recordá: este
es un
divorcio que no quisiste, pero que igualmente ocurrió. Es lo que
muestra la realidad, por más punzante que sea. Por eso, lo más sabio y
conveniente para ti es aceptar lo que es.
No te resistas más ante lo que no puedes cambiar. No te ayuda en nada dar
patadas contra la aguja, porque más te vas a lastimar si continúas haciéndolo. Si
ejerces una gran fuerza contra un muro inamovible, vas a quedar sin energías.
En cambio, al aceptar lo que es, empiezas a experimentar liberación interna y paz, aún en medio del dolor.
En la primera parte estuvimos hablando de ciertas emociones
perjudiciales, como el resentimiento, la ira y el deseo de venganza. Estas
emociones lo único que provocan es una retroalimentación negativa sobre vos,
que hace que te sientas peor. Nunca te van a beneficiar. Quizás te parezca inaceptable,
pero para soltarte del pesar, también es
necesario que logres perdonar. Fundamentalmente, perdonar a tu ex pareja, y
a tu propia persona. Me dirás que tu ex cónyuge no merece tu perdón, que se comportó
de una manera muy injusta y egoísta, que fue cruel y desalmado. Y con toda
seguridad, tenés razón en tus calificativos. Pero, ¿acaso el perdón, por propia
definición, no se trata de absolver al culpable y de eximirlo de castigo? Cuando
perdonás, decidís no reclamar más que te paguen lo que te deben. Simplemente,
soltás las exigencias y el deseo de venganza. Como consecuencia, empezás a
sanar. Tu corazón se vacía de emociones
y sentimientos negativos y autodestructivos, dando comienzo al bendito
proceso de sanación.
Quizás me digas: “Esta situación es imposible de superar y
de digerir. Es fácil decirlo, pero ponerlo en práctica es casi imposible”.
Tenés razón en decir que no es fácil. Pero no es imposible. ¿Acaso anteriormente
no atravesaste y enfrentaste otras situaciones adversas e intrincadas? ¿Acaso
no has podido rehacerte tras haber tenido que sobreponerte a las dificultades
que encontraste en el camino de tu vida? ¡Seguro que sí! Entonces pensá en esas
conquistas, en esos triunfos. ¡Y si
antes lograste dominar los escollos, ahora también vas a poder! Van a
comenzar a emerger fortalezas internas que tenías guardadas y que no
utilizabas. Pero están allí, listas para que las utilices.
Además, si sos una persona de fe, contás con más recursos
para vencer el dolor. Ampararse y guarecerse en el amor de Dios te va a
proporcionar fuerza e impulso para recobrarte y para reducir o derrotar tu
pena.
Todo el apoyo
emocional que puedas encontrar y recibir de parte de quienes bien te
quieren, ya sean familiares o amigos,
es de una importancia fundamental. No se trata de que vayas contándole a todo
el mundo lo que estás pasando, ya que es aconsejable ser discretos. Pero
necesitas contar con un sostén que te
provea de aliento, estímulo, abrigo y auxilio. Tus seres queridos sin duda
van a estar ahí, a tu lado, para dispensarte amor y contención.
Voy a continuar desarrollando este tema en la tercera parte.
Ps. Alberto Carmona




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