De los miles de pensamientos que tenemos por día, la
mayoría de ellos son intrusivos, se presentan sin permiso, se imponen
abruptamente, irrumpen en nuestra consciencia, sin convocarlos voluntariamente,
y causando distracción. La mayor parte de ellos, aparecen de manera súbita,
haciéndonos sentir mentalmente agotados, exhaustos, cargados, contaminados. Se
suceden uno detrás del otro en una catarata interminable y continua, imparable,
obstinada y tenaz.
La mente es una
prodigiosa herramienta que nos ha sido dada para resolver problemas,
razonar, analizar, etc. Ante situaciones y exigencias que así lo requieran, el
uso que podemos hacer de este maravilloso instrumento es de inestimable valor.
Pero ella parece tomar autonomía y vida propia, generando más pensamientos de
los necesarios, desatando un torrente omnipresente que no deja de resonar en
nuestra cabeza.
Como mencioné en una publicación anterior, los pensamientos nos quitan del momento presente en el que nos
encontramos, llevándonos a eventos y momentos pasados, trayendo recuerdos
de un tiempo que ya no existe y que, por tanto, no es real. Revivir el pasado
en el tiempo presente es absurdo e incomprensible, un auténtico disparate. Sin
embargo, eso es lo que logra la desenfrenada actividad mental. Cambiar lo que
no existe por la vida presente y valiosa no es ganancia desde ningún punto de
vista. Al contrario, sólo es pérdida, insensatez, angustia, depresión y
sufrimiento.
Pero transportarnos al pasado no es lo único que hacen
los pensamientos. También se empeñan en enviarnos al tiempo futuro, imaginando
sucesos y acontecimientos que tampoco son reales. Aunque imaginadas, estas
situaciones se nos presentan como temibles, implacables y poderosas, provocando
sentimientos de impotencia e indefensión. El futuro se levanta amenazante,
haciéndonos creer que las cosas serán inmanejables y terribles, cargadas de
derrota y oscuridad. La ansiedad se hace presente con su fuerte carga de
intimidación. Aquí, de nuevo, quedamos
atrapados por algo que no existe, un fantasma, una construcción de nuestra
mente. Lo que no sucedió no es verdad ni real en absoluto. Es únicamente
imaginación.
Algo de suma importancia para tener en cuenta: el mayor problema es cuando nos identificamos
con nuestros pensamientos, creyendo que lo que pensamos es verdad. Pero los
pensamientos no constituyen ninguna realidad. Esto, que parece tan obvio, no es
tenido en cuenta por una inmensa mayoría de personas. De lo contrario, no surgirían
los estados emocionales de depresión,
ansiedad, temor, ira, culpa, vergüenza, celos. Estas emociones nos invaden
cuando creemos que lo que pensamos es realidad. De aquí se desprende que es indispensable hacer un cuestionamiento
de los pensamientos. Es preciso que los desafiemos, que los pongamos en
tela de juicio, que los contrastemos con la realidad objetiva, que no nos
creamos lo que dicen. En resumen, no los
debemos tomar en serio. SI podemos llegar a reírnos de esta fabricación
mental, tanto mejor.
Los pensamientos son tan poderosos que son capaces de
crear nuestra realidad que, aunque subjetiva, se nos muestra como objetiva.
Pero, ¡cuidado! No caigamos en su trampa. Cada vez que emerjan en nuestra
cabeza, mirémoslos como si fuésemos observadores externos. Objetivemos nuestros
pensamientos. Transformémoslos en objetos y no nos quedemos pegados ni
identificados con ellos. Recuerda: No
somos nuestros pensamientos. Ellos son un producto artificial de la mente y
no tienen existencia real. Ergo, mirémoslos con desconfianza, sin creer en lo
que intentan que creamos.
Hacer una higiene mental y liberarse de los propios pensamientos es
imprescindible para llegar a experimentar un estado interno de paz y
liberación. Si estás dispuesto a comprometerte con tu bienestar emocional,
acepta el desafío con resolución, diciendo: “Pensamientos, ¡basta!”.
Ps. Alberto Carmona




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