En el anterior artículo mencioné la expresión “higiene mental”. Comprender esto es
básico si queremos soltarnos de la cautividad de nuestros pensamientos. Porque,
así como cada día nos dedicamos a higienizar nuestro cuerpo, bañándonos o
cepillándonos los dientes, de la misma manera es imperioso que nos apliquemos a
la limpieza de nuestra mente, la
cual llega a contaminarse y a enturbiarse cuando permitimos que miles de
pensamientos nos bombardeen de manera implacable, quedando emocionalmente
cargados, agobiados y alterados.
¿Y de qué manera podemos efectuar la tarea de despejar y desobstruir la mente? Antes
de responder a esta pregunta, es necesario recordar que los pensamientos se
alimentan de la dimensión temporal. El tiempo subjetivo o psicológico es lo que
permite su despliegue. Los pensamientos te harán recordar eventos pasados, o te
proyectarán al futuro imaginado. Pero, lo que no pueden hacer es coexistir con
el momento actual. El “aquí y ahora” y
los pensamientos se excluyen entre sí. No hay manera de que se entiendan.
Ergo, cuando nos encontramos sumergidos en el movimiento frenético de nuestra
mente, la distracción logra que no estemos prestando atención al ahora y a
nuestro entorno. Antagónicamente, si estamos totalmente presentes y conscientes
de lo que nos rodea, el ruido de la mente empieza a reducirse para, finalmente,
desaparecer. He ahí, entonces, la clave para vernos libres de tantos
pensamientos indeseables: estar
íntegramente afianzados y fijados en este momento presente. Esto es de una
importancia mayúscula.
Habiendo examinado esto, la siguiente pregunta que nos es
preciso hacer es: ¿De qué manera podemos estar conscientes y presentes? Una
forma de lograrlo quizás parezca muy sencilla. Pero es evidente que la tenemos
muy descuidada y casi perdida. Dicho de forma simple, consiste en utilizar intencional y activamente,
nuestros cinco órganos sensoriales. Sí, necesitamos hacer uso consciente de
la vista, la audición, el tacto, el olfato y el gusto. Sabemos que nuestros
sentidos nos permiten percibir los estímulos del medio externo y obtener
información de éste. Utilizarlos, pues, se vuelve irreemplazable para estar
fijados al aquí y ahora.
Esto lo podemos conseguir de mil modos diferentes,
dependiendo del contexto en que nos encontremos en cada situación. Si vamos
caminando por la calle, nuestros pensamientos se detendrán en el momento en que
decidamos de manera activa escuchar los sonidos que nos rodean, percibiendo,
por ejemplo, el rumor de los motores de los autos que pasan, el canto de los
pájaros en los árboles, las voces de las personas, etc. Enfoquemos la atención
en las formas, tamaños y colores de los objetos que vemos, como así también en
el color de la ropa de la gente que pasa. Sintamos el viento en la piel de
nuestra cara, el calor del sol que abraza nuestra piel, el contacto con algún
objeto que llevemos en nuestras manos. Apreciemos los aromas que encontremos en
el camino: flores, comida o lo que sea.
Al estar en nuestra casa, en el silencio de la noche,
estemos atentos a los sonidos que nos llegan de la calle, como el ladrido de
algún perro a la distancia o una sirena de ambulancia. Al bañarnos,
experimentemos el aroma del jabón, el contacto con el agua y el sonido que
produce al caer. En el momento de comer, detengamos el flujo de pensamientos,
degustando plenamente el sabor de la comida, aspiremos lo sabroso que huele,
disfrutando de cada bocado con total consciencia.
En definitiva, se trata de que en las situaciones en que
nos encontremos, estemos presentes de
manera absoluta y entera, siendo conscientes de que la única vida es ésta que se está desenvolviendo a nuestro alrededor.
¿Desperdiciaremos lo único que tenemos, dejando que la mente y sus pensamientos
negativos, nos arranquen de la vida? Es urgente que nos demos cuenta que la vida es este momento en el que nos
encontramos ahora. Entendamos que no hay nada más valioso y hermoso que
este instante siempre presente, el cual es continuo y atemporal. Los
pensamientos no son nada. La vida lo es todo.
Psicólogo Alberto Carmona



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