José revuelve el café
con leche, inundado de inquietud. ¡Volver a la escuela!
¡Cómo quisiera
evitarlo! En su interior afloran diversas fantasías que, de poder
concretarse en la
realidad, le permitirían no asistir y evadir su tormento. Pero
sucede que las
excusas ya se le están terminando. En más de una ocasión
fingió estar enfermo,
inventando dolores de cabeza o de muelas. Su madre, por
su parte, terminaba
accediendo a que se quedase en casa, a la vez que le
proporcionaba algún
analgésico. Aún así, intuía que algo no andaba bien, y no
lograba convencerse
del todo de los supuestos dolores de su hijo. ¿Qué estaba
ocurriendo? José
siempre había mostrado presteza y entusiasmo para asistir a
clases. Pero ahora,
en su primer año de enseñanza media, era más que
evidente que ese
entusiasmo se había disuelto.
Pero manifestar estar
enfermo no era el único recurso utilizado por José. En
varias oportunidades
se dirigía rumbo al establecimiento educativo pero, a poco
de llegar, decidía no
entrar e irse a un parque o algún otro sector de la ciudad.
Ciertamente esto le
ocasionó varios conflictos con su madre, al constatar ésta,
el número de
inasistencias en su libreta.
Ahora, a punto de
terminar su desayuno, el adolescente respira con un dejo de
resignación y de
ansiedad. Comprende perfectamente que no puede pasársela
fraguando distintas
alternativas de evasión. Trata de no pensar e intenta poner
su mente en blanco.
Sin embargo, sus heridas internas son demasiado
intensas para poder
obviarlas. A su corta edad, la vida se le ha vuelto oscura y
penosa. Nunca antes
le había sucedido tal cosa. Su paso por la escuela
primaria siempre
había resultado satisfactorio. Recuerda lo animado y alegre
que solía sentirse en
aquel período.
Otras veces, había
considerado la posibilidad de contarles a sus padres la
situación por la que
estaba atravesando. O a alguno de sus profesores. O al
preceptor. Pero, de
haberlo hecho, tendría que haberse enfrentado con una
honda vergüenza, la
cual, pensaba, le resultaría apabullante. Se hallaba en una
especie de cruce de
caminos, sin saber cuál de ellos tomar, paralizado,
inhibido, estancado.
Por fin, termina el
desayuno, se calza la mochila, saluda a su madre y sale de
su casa. De camino,
estando en el interior del colectivo, lo vuelven a invadir la
ansiedad y la
angustia. En pocos minutos más se encontrará junto a “ellos”:
algunos de sus compañeros
de curso. Son éstos quienes lo humillan y le ponen
apodos ofensivos, los
que no se cansan de denigrarlo, de arrebatarle su
comida, de arrojar al
suelo sus pertenencias; los que en más de una
oportunidad han
llegado a acorralarlo y hasta a golpearlo; ante quienes no
pudo evitar derramar
algunas lágrimas, sintiéndose más deshonrado y abatido.
Nunca pudo juntar el
coraje necesario para defenderse. Quedaba inmovilizado
ante sus hirientes
risotadas y gestos agresivos. Era algo que se repetía casi
todos los días.
El trayecto en
ómnibus se le hace demasiado breve. Desciende, fantaseando
nuevamente con irse a
otro lado. Pero no. No se puede huir todo el tiempo.
Atraviesa el umbral
de la escuela. Su infierno personal y su tormento
comienzan una vez más.
Ps. Alberto Carmona

















