martes, 16 de agosto de 2016

Fijados a la vida, la clave para dejar de pensar

En el anterior artículo mencioné la expresión “higiene mental”. Comprender esto es básico si queremos soltarnos de la cautividad de nuestros pensamientos. Porque, así como cada día nos dedicamos a higienizar nuestro cuerpo, bañándonos o cepillándonos los dientes, de la misma manera es imperioso que nos apliquemos a la limpieza de nuestra mente, la cual llega a contaminarse y a enturbiarse cuando permitimos que miles de pensamientos nos bombardeen de manera implacable, quedando emocionalmente cargados, agobiados y alterados.

¿Y de qué manera podemos efectuar la tarea de despejar y desobstruir la mente? Antes de responder a esta pregunta, es necesario recordar que los pensamientos se alimentan de la dimensión temporal. El tiempo subjetivo o psicológico es lo que permite su despliegue. Los pensamientos te harán recordar eventos pasados, o te proyectarán al futuro imaginado. Pero, lo que no pueden hacer es coexistir con el momento actual. El “aquí y ahora” y los pensamientos se excluyen entre sí. No hay manera de que se entiendan. Ergo, cuando nos encontramos sumergidos en el movimiento frenético de nuestra mente, la distracción logra que no estemos prestando atención al ahora y a nuestro entorno. Antagónicamente, si estamos totalmente presentes y conscientes de lo que nos rodea, el ruido de la mente empieza a reducirse para, finalmente, desaparecer. He ahí, entonces, la clave para vernos libres de tantos pensamientos indeseables: estar íntegramente afianzados y fijados en este momento presente. Esto es de una importancia mayúscula.


Habiendo examinado esto, la siguiente pregunta que nos es preciso hacer es: ¿De qué manera podemos estar conscientes y presentes? Una forma de lograrlo quizás parezca muy sencilla. Pero es evidente que la tenemos muy descuidada y casi perdida. Dicho de forma simple, consiste en utilizar intencional y activamente, nuestros cinco órganos sensoriales. Sí, necesitamos hacer uso consciente de la vista, la audición, el tacto, el olfato y el gusto. Sabemos que nuestros sentidos nos permiten percibir los estímulos del medio externo y obtener información de éste. Utilizarlos, pues, se vuelve irreemplazable para estar fijados al aquí y ahora. 


Esto lo podemos conseguir de mil modos diferentes, dependiendo del contexto en que nos encontremos en cada situación. Si vamos caminando por la calle, nuestros pensamientos se detendrán en el momento en que decidamos de manera activa escuchar los sonidos que nos rodean, percibiendo, por ejemplo, el rumor de los motores de los autos que pasan, el canto de los pájaros en los árboles, las voces de las personas, etc. Enfoquemos la atención en las formas, tamaños y colores de los objetos que vemos, como así también en el color de la ropa de la gente que pasa. Sintamos el viento en la piel de nuestra cara, el calor del sol que abraza nuestra piel, el contacto con algún objeto que llevemos en nuestras manos. Apreciemos los aromas que encontremos en el camino: flores, comida o lo que sea.


Al estar en nuestra casa, en el silencio de la noche, estemos atentos a los sonidos que nos llegan de la calle, como el ladrido de algún perro a la distancia o una sirena de ambulancia. Al bañarnos, experimentemos el aroma del jabón, el contacto con el agua y el sonido que produce al caer. En el momento de comer, detengamos el flujo de pensamientos, degustando plenamente el sabor de la comida, aspiremos lo sabroso que huele, disfrutando de cada bocado con total consciencia.


En definitiva, se trata de que en las situaciones en que nos encontremos, estemos presentes de manera absoluta y entera, siendo conscientes de que la única vida es ésta que se está desenvolviendo a nuestro alrededor. ¿Desperdiciaremos lo único que tenemos, dejando que la mente y sus pensamientos negativos, nos arranquen de la vida? Es urgente que nos demos cuenta que la vida es este momento en el que nos encontramos ahora. Entendamos que no hay nada más valioso y hermoso que este instante siempre presente, el cual es continuo y atemporal. Los pensamientos no son nada. La vida lo es todo.
Psicólogo Alberto Carmona






martes, 9 de agosto de 2016

Desconfiar de nuestros pensamientos: el camino hacia la liberación mental y emocional

De los miles de pensamientos que tenemos por día, la mayoría de ellos son intrusivos, se presentan sin permiso, se imponen abruptamente, irrumpen en nuestra consciencia, sin convocarlos voluntariamente, y causando distracción. La mayor parte de ellos, aparecen de manera súbita, haciéndonos sentir mentalmente agotados, exhaustos, cargados, contaminados. Se suceden uno detrás del otro en una catarata interminable y continua, imparable, obstinada y tenaz.


La mente es una  prodigiosa herramienta que nos ha sido dada para resolver problemas, razonar, analizar, etc. Ante situaciones y exigencias que así lo requieran, el uso que podemos hacer de este maravilloso instrumento es de inestimable valor. Pero ella parece tomar autonomía y vida propia, generando más pensamientos de los necesarios, desatando un torrente omnipresente que no deja de resonar en nuestra cabeza.
Como mencioné en una publicación anterior, los pensamientos  nos quitan del momento presente en el que nos encontramos, llevándonos a eventos y momentos pasados, trayendo recuerdos de un tiempo que ya no existe y que, por tanto, no es real. Revivir el pasado en el tiempo presente es absurdo e incomprensible, un auténtico disparate. Sin embargo, eso es lo que logra la desenfrenada actividad mental. Cambiar lo que no existe por la vida presente y valiosa no es ganancia desde ningún punto de vista. Al contrario, sólo es pérdida, insensatez, angustia, depresión y sufrimiento.


Pero transportarnos al pasado no es lo único que hacen los pensamientos. También se empeñan en enviarnos al tiempo futuro, imaginando sucesos y acontecimientos que tampoco son reales. Aunque imaginadas, estas situaciones se nos presentan como temibles, implacables y poderosas, provocando sentimientos de impotencia e indefensión. El futuro se levanta amenazante, haciéndonos creer que las cosas serán inmanejables y terribles, cargadas de derrota y oscuridad. La ansiedad se hace presente con su fuerte carga de intimidación. Aquí, de nuevo, quedamos atrapados por algo que no existe, un fantasma, una construcción de nuestra mente. Lo que no sucedió no es verdad ni real en absoluto. Es únicamente imaginación.

Algo de suma importancia para tener en cuenta: el mayor problema es cuando nos identificamos con nuestros pensamientos, creyendo que lo que pensamos es verdad. Pero los pensamientos no constituyen ninguna realidad. Esto, que parece tan obvio, no es tenido en cuenta por una inmensa mayoría de personas. De lo contrario, no surgirían los estados emocionales  de depresión, ansiedad, temor, ira, culpa, vergüenza, celos. Estas emociones nos invaden cuando creemos que lo que pensamos es realidad. De aquí se desprende que es indispensable hacer un cuestionamiento de los pensamientos. Es preciso que los desafiemos, que los pongamos en tela de juicio, que los contrastemos con la realidad objetiva, que no nos creamos lo que dicen. En resumen, no los debemos tomar en serio. SI podemos llegar a reírnos de esta fabricación mental, tanto mejor.



Los pensamientos son tan poderosos que son capaces de crear nuestra realidad que, aunque subjetiva, se nos muestra como objetiva. Pero, ¡cuidado! No caigamos en su trampa. Cada vez que emerjan en nuestra cabeza, mirémoslos como si fuésemos observadores externos. Objetivemos nuestros pensamientos. Transformémoslos en objetos y no nos quedemos pegados ni identificados con ellos. Recuerda: No somos nuestros pensamientos. Ellos son un producto artificial de la mente y no tienen existencia real. Ergo, mirémoslos con desconfianza, sin creer en lo que intentan que creamos.
Hacer una higiene mental y  liberarse de los propios pensamientos es imprescindible para llegar a experimentar un estado interno de paz y liberación. Si estás dispuesto a comprometerte con tu bienestar emocional, acepta el desafío con resolución, diciendo: “Pensamientos, ¡basta!”.
Ps. Alberto Carmona